Después de algunos años de ejercer la profesión docente, muchos de los maestros se unen a la masa de educadores que se cansan de innovar, es decir, ya no renuevan sus planes de trabajo, no cambian su metodología ni buscan nuevas recursos didácticos, para mantener la motivación tanto propia como de los estudiantes.
Si bien es cierto, el trabajo genera mucho estrés pero la rutina puede ser peor. Sin embargo, se puede sugerir una actividad para que no caigamos en dicha situación, esta es: la elaboración de un plan de acción. A grandes rasgos la idea es que visualicemos, escribamos y reflexionemos acerca de cómo los docentes, en la actualidad, desarrollan los contenidos temáticos, presentan la información, manejan la dinámica de la clase, entre otros aspectos; de esta manera logramos conocer el panorama vigente de la situación y proceder con la propuesta de posibles cambios. De esta manera, tendremos una idea de cómo queremos que sea nuestra práctica docente.
Para que el plan de acción esté completo debe contener al menos las siguientes secciones: Objetivos (¿Qué haré como docente para que mis alumnos aprendan más?), Estrategias didácticas y tareas (¿Qué métodos de enseñanza aplicaré como docente y cuáles serán las tareas que asignaré a mis estudiantes?), Desafíos y soluciones (¿Cómo lograré que los cambios propuestos en el ejercicio de la docencia sean apoyados por los otros participantes del proceso de enseñanza y aprendizaje, como son: directivos, padres, supervisores, entre otros?), Plazos (¿Cuándo implementaré cada actividad propuesta?), Recursos (¿Cuáles recursos humanos, económicos y didácticos necesitaré para lograr los objetivos?) y Evaluación (¿Cuáles instrumentos de evaluación de los aprendizajes son más pertinentes para la propuesta planteada?)
En fin, cualquier planificación nos permite prever posibles inconvenientes, resolverlos a tiempo, plantearnos nuevos retos e identificar los recursos que se necesitan para que la propuesta se desarrolle satisfactoriamente.
